Hoy recordamos un hito decisivo en la historia de la Iglesia y de la espiritualidad ignaciana: el 27 de septiembre de 1540, cuando el Papa Pablo III promulgó la bula Regimini militantis Ecclesiae, mediante la cual concedió la aprobación formal a la Compañía de Jesús. Ese acto no fue el inicio en sentido estricto —la Compañía ya venía madurando como proyecto—, pero sí marcó su reconocimiento oficial por la autoridad romana, estableciendo bases legales, doctrinales y espirituales que sostendrían su misión por siglos.
Antecedentes históricos: de París a Roma
El recorrido comenzó en 1534, cuando Ignacio de Loyola y unos primeros compañeros hicieron en París, en la colina de Montmartre, un voto solemne. Allí ofrecieron su vida al servicio del Evangelio, con la intención de viajar a Tierra Santa, si las circunstancias lo permitían. Sin embargo, la situación política y logística de la época hizo que ese ideal fuera impracticable.

Lejos de rendirse, comprendieron que su vocación debía reinventarse. En 1538 y los años siguientes decidieron ponerse al servicio del Papa, comprometiéndose a llevar adelante las misiones que él les confiara. Ignacio elaboró entonces un proyecto de constitución, conocido como “Summa Instituti”, que organizaba la vida de ese grupo que se iba consolidando. El Papa Pablo III dio primero una aprobación verbal y encargó evaluaciones. No fue sino hasta el 27 de septiembre de 1540 que la aprobación romana quedó plasmada en un documento oficial.
Ese día, con la bula Regimini militantis Ecclesiae, el Papa estableció formalmente a la Compañía de Jesús como orden religiosa, incorporando la llamada “Fórmula del Instituto” como parte de su normativa fundacional.
Contenido esencial de la aprobación papal
La bula de 1540 no solo decretó la existencia legal de la orden, sino que también integró los elementos medulares del carisma ignaciano. La Fórmula del Instituto, redactada por Ignacio y sus primeros compañeros en 1539, fue adoptada casi en su totalidad y se convirtió en la base normativa de la nueva orden. Allí se definía que la misión central de los jesuitas sería la propagación del Evangelio a través de la predicación, los Ejercicios espirituales, las obras de caridad y la instrucción de quienes no conocían la fe.
También se concedió al superior general la autoridad para organizar la vida interna de la Compañía, asignar funciones y enviar a los miembros allí donde fuera necesario. Además, se estableció un voto especial de obediencia al Papa en lo referente a las misiones, lo que significaba que los jesuitas aceptarían sin excusas los destinos que el pontífice les confiara. Junto con esto, se reforzaron normas de pobreza, de vida común y de disciplina, todo con una visión flexible y adaptable a distintos contextos históricos y culturales.

De esta manera, la Compañía de Jesús quedó instituida como una orden religiosa con una fuerte dimensión misionera, educativa y de servicio, marcada por una intensa disciplina interna y una profunda disponibilidad al llamado de la Iglesia.
Desarrollo posterior y legado
Con el tiempo, la aprobación papal se consolidó mediante nuevas disposiciones. Las Constituciones de la Compañía, revisadas y completadas por Ignacio hasta su muerte en 1556, dieron una forma definitiva al cuerpo normativo. Incluso antes, en 1550, otra bula papal, Exposcit Debitum, había incorporado ajustes a la versión inicial de la Fórmula del Instituto.
El espíritu misionero se expandió rápidamente. En 1549 Ignacio envió a los primeros jesuitas a Brasil, y poco después comenzaron a llegar a distintas regiones del mundo, incluyendo América del Sur. Allí jugaron un papel fundamental en la fundación de colegios, en la predicación y en la organización de comunidades, como las famosas reducciones guaraníes en los territorios del actual Paraguay, Misiones y zonas aledañas.
No obstante, la historia de la Compañía también estuvo marcada por conflictos y dificultades. Durante los siglos XVII y XVIII enfrentaron resistencias políticas, críticas y expulsiones. En 1767 la monarquía española decretó su expulsión de sus dominios, y en 1773 la orden fue suprimida en todo el mundo por el Papa Clemente XIV. Sin embargo, en 1814 el Papa Pío VII la restauró plenamente mediante la bula Sollicitudo Omnium Ecclesiarum, devolviéndole su lugar en la Iglesia.
Tras su restauración, los jesuitas retomaron con fuerza su compromiso con la educación y la cultura. Los colegios jesuitas y universidades se multiplicaron en Europa, América y Asia, convirtiéndose en referentes de formación intelectual y espiritual. Su método pedagógico, sistematizado en la Ratio Studiorum, marcó a generaciones enteras.
Un modelo para nuestro tiempo
Al conmemorar estos 485 años desde la aprobación oficial, la Compañía de Jesús sigue siendo un modelo para nuestro tiempo. Su historia nos recuerda la importancia de mantener la unidad en medio de la diversidad de contextos, la fidelidad a la misión por encima del confort, la capacidad de diálogo e inculturación con los pueblos, la apuesta por una educación integral y la vivencia de una espiritualidad que no se queda en la contemplación, sino que impulsa a la acción.
El legado ignaciano permanece vivo y actual. A lo largo de casi cinco siglos, los jesuitas han mostrado que es posible servir “en todo amar y servir”, poniendo su vida y sus talentos al servicio del Evangelio y de la humanidad.
¿Quiénes fueron estos primeros compañeros de San Ignacio?
Los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola fueron seis jóvenes que lo seguían en París, unidos por el ideal de servicio a Dios, disponibilidad para la misión, pobreza, castidad, y la voluntad de ir a Tierra Santa. Aquí va una pequeña reseña de cada uno:
San Ignacio de Loyola fue el fundador, claro, inspirador del grupo. Pero los compañeros jugaban un papel clave.
Francisco Javier (Francis Xavier)

Nació en 1506 en el territorio de Navarra, España. De familia noble, llegó a París para estudiar y allí conoció a Ignacio. Aunque al principio dudó, Ignacio le influyó profundamente para que hiciera los Ejercicios Espirituales. En 1534 pronunció los votos junto a los otros compañeros. Fue el que asumió el compromiso de las misiones fuera de Europa: viajó a la India, Japón, y otras regiones del Asia bajo dominio portugués, siendo uno de los primeros evangelizadores en territorios muy lejanos y adversos.
Pedro Faber (Peter Faber)
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Provenía de Saboya (zona de los Alpes), nacido en 1506. Fue el primero de los compañeros en ser ordenado sacerdote. Era contemplativo, amaba profundamente la dirección espiritual, los Ejercicios, y ayudó mucho a Ignacio en la formación espiritual. Participó en las primeras misiones que el grupo hizo en Italia y otros lugares al servicio de la Iglesia, predicando, enseñando y animando comunidades.
Alfonso Salmerón (Alphonsus Salmerón)

Era español, nacido en Toledo en 1515. Estudió filosofía y teología en Alcalá y París. Formó parte del grupo inicial en París, hizo votos en Montmartre. Fue un colaborador intelectual, predicador, formador; participó en la enseñanza, en la predicación, en la consolidación de la Compañía como orden, y acompañó los primeros desafíos institucionales.
Nicolás Bobadilla (Nicholas Bobadilla)

También español, nacido alrededor de 1509-1511. Estudió en Alcalá, luego en París, donde cayó bajo la influencia de Ignacio. Fue uno de los primeros siete que hicieron voto en Montmartre. Trabajó en distintos contextos europeos, enseñando, predicando, acompañando comunidades.
Diego Laynez (Diego Laínez, Lainez o Laynes)

Nació en 1512 en Almazán, en Castilla. Estudió en Alcalá y luego en París, donde se unió al grupo de Ignacio. Fue de los que hicieron votos en Montmartre. Con el tiempo se convirtió en teólogo muy respetado. Participó activamente en el Concilio de Trento representando a la Compañía. Al morir Ignacio, Laynez fue elegido su sucesor como superior general, y jugó un rol decisivo en la consolidación institucional, teológica y educativa de la Compañía.
Simão Rodrigues (Simon Rodrigues de Azevedo)
Era portugués, nacido alrededor de 1510. Estudió en París, conoció a Ignacio ahí, fue uno de los primeros compañeros. Cuando la Compañía empezó a expandirse, él tuvo un rol importante en Portugal: promovió colegios, fue el primer provincial portugués de los jesuitas, impulsó misiones, formaciones, etc. Tuvo también críticas por su modo de ejercer autoridad, pero su aporte fue significativo en los inicios de la Compañía en territorio portugués.
